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En las circunstancias que la población mundial ha vivido en los últimos meses es posible destacar algunos fenómenos característicos de aquel modo existencial que Heidegger describió como un no-estar-en-casa [Un-zuhause-sein], la pérdida de la familiaridad cotidiana con nuestro mundo. Merece la pena examinar estos fenómenos según una perspectiva fenomenológica y hermenéutica ya que –al igual que la angustia– son situaciones que desconectan al Dasein de su mundo y de la interpretación pública desde la cual suele comprenderse (SZ, p. 187).

La enfermedad ha afectado a millones de personas que han experimentado en primera persona el límite de su cuerpo físico (respiración, olfato, gusto, motricidad limitada, dolor en general) y la incidencia de alteraciones emotivas indeseadas (depresión, ansiedad, TEPT, miedo, nerviosismo, etc.). ¿A qué experiencia del mundo, del cuerpo, del sí mismo, de los otros, etc. da acceso la enfermedad? ¿Qué tipos de “no sentirse en casa en el mundo” experimenta el enfermo? La enfermedad, cuando afecta a un cuerpo debilitado por la vejez, aumenta las posibilidades del adelantarse de la muerte y el blanco principal de los contagios de los últimos meses han sido justamente los mayores. ¿Cómo interpretamos la vejez nuestra o de los demás (la del tú y/o la del otro) en estas circunstancias?

Hemos estados aislados a la fuerza en nuestras casas, solos o con nuestro núcleo familiar. ¿Qué significa habitar un espacio, nuestra morada, en régimen de confinamiento? El espacio más cercano e íntimo se ha vuelto inhóspito poniendo de manifiesto cómo no solo la enfermedad física transforma el espacio del mundo (subir las escaleras o abrir una puerta se pueden volver tareas casi imposibles), sino también nuestras disposiciones afectivas. ¿Cuál es el espacio del no-estar-en-casa?

El tiempo ha destacado por su ausencia (la falta de tiempo de nuestro estar atareados) o por su sobreabundancia (aburrimiento, apatía, hastío, etc.). ¿Cómo es el tiempo de la enfermedad y del aislamiento? ¿Qué revelan el peso o la levedad del tiempo inhóspito para una analítica existencial y/o una ontología fundamental?

Enfermos y aislados hemos experimentado la necesidad profunda de ser cuidados. El dolor de nuestra carne o la desazón del estar confinados apelaban, explícita o implícitamente, a otro, alguien en quien pudiéramos confiar y que aliviara nuestras penas. ¿Qué tipo de relación con el otro se da cuando no-estamos-en-casa? ¿Qué significa fácticamente, en la enfermedad, «anticiparse al poder-ser existentivo del otro […] para devolverle su cuidado»?

El confinamiento ha desvelado también otra cara de la relación con el otro: su ser inhóspito de una manera radical. Lo rehuimos, nos apartamos de él en la calle y lo vemos como un ente potencialmente dañino. ¿Cómo conciliar necesidad y rechazo del otro? ¿Qué vida pública se plasma cuando el otro en su conjunto es una amenaza? ¿Qué modalidades del Uno se manifiestan en el confinamiento?

El uso de medicamentos como cura para las enfermedades, si por un lado supone un alivio ansiado, por el otro tiene implicaciones que exceden la simple curación. Por lo menos en Occidente el fenómeno de la medicalización y de la estricta correlación entre fármacos y salud es digno de ser analizado. ¿Qué vínculos se están trazando entre salud y medicina en sociedades permeadas por la técnica? ¿Qué significa salud, “estar bien”, cuando los cuidados y la salud están cada vez más enfocados en términos meramente técnico-instrumentales?

La comunicación se está apoyando cada vez más en las nuevas tecnologías (videollamadas, seminarios y congresos virtuales, clases online, etc.). La propia educación −que tiene en la comunicación un ingrediente fundamental− ha tenido que abandonar las aulas “reales” para aterrizar en las plataformas “digitales”. ¿Cómo interpretar estos “nuevos” diálogos? ¿En qué experiencia de la comunicación introducen? Durante años hemos fantaseado con las potencialidades de la comunicación online que en un tiempo extremadamente reducido anula toda distancia espacial poniéndonos en relación con todo el mundo. Sin embargo, cuando nos hemos visto “confinados” a este único tipo de comunicación, para muchos se ha vuelto insoportable y han empezado a sentir como necesaria una comunicación “en carne y hueso”. ¿Se puede hablar, con rigor fenomenológico, de varios tipos de comunicación (real/natural y virtual)? ¿Qué diferencias fenomenológicas (límites y potencialidades) hay entre estas modalidades comunicativas?

En los últimos años está creciendo a pasos agigantados una forma específica de no-estar-en-casa: hoy en día casi 80 millones de personas en el mundo son desplazados y refugiados. Es probable que en las próximas décadas este número vaya aumentando. Según Heidegger el rasgo fundamental del habitar —y por ende del construir y en último término del espacio humano en su conjunto— es el cuidar [Schonen]. ¿Qué significa entonces habitar y construir, así como casa, pueblo y nación, cuando uno de los rasgos propios de la vida de los refugiados parece ser el descuido? ¿Cómo se puede interpretar fenomenológicamente esta migración forzosa?

Studia Heideggeriana invita cordialmente a todos los colaboradores interesados en contribuir con trabajos en español, portugués e inglés sobre estos temas.

Studia Heideggeriana, en su “sección libre” acepta también artículos no relacionados con el tema monográfico del volumen. 

Fecha límite: 15 de diciembre de 2021

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